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Luxiona es en

Pía Minchot
Madrid
Journalist

El agujero del señor U

Mi padre tuvo una fábrica de hacer agujeros. Fabricaba, sobre todo, agujeros pequeños: agujeros para hacer sombreros, cascabeles y guantes. Fabricaba los agujeros de las flautas, de las ruedas y los de los relojes de arena. Ocupaba todo su tiempo en imaginar agujeros extraordinarios, únicos para cada objeto. Se esforzaba en pulirlos, en nivelarlos, en tornearlos. Imprimía, con destreza, en cada agujero una medida equilibrada de azar y ausencia. Para que cada pieza cobrara identidad, ningún agujero podía carecer de una dosis prudente de infinito.

Un día, hace ya muchos años, llegó a la fábrica de mi padre el señor Nomar Adebu. El señor Adebu había viajado por todo el mundo. Con su sombrero de copa y su maleta llena de papel y lápices de colores había cruzado montañas y desiertos. Había dormido en laderas de lava y espuma, y había surcado mares imposibles. Había conjugado todos los verbos y había llorado escuchando canciones de príncipes con antifaz que vuelan de ventana en ventana y fábulas de princesas quebradizas que destilan agua y jabón. Había conocido ciudades de piedra y cartón, y torres de marfil, y había escrito y dibujado todo lo que había visto. Pero el señor Adebu estaba cansado. Quería estar solo y quería dormir. Quería estremecerse con la lluvia y que el sol le lavara la cara cuando el cielo comienza a clarear. Quería escuchar cómo crece la hierba y que el airecillo que llegaba del sur le meciese hasta dejarle dormido. Le pidió a mi padre que fabricara para él un agujero inconmensurable, un trozo de la nada, un espacio sin fin donde el tiempo transcurriera con serenidad. Mi padre se encerró durante días en su taller. Pasaron semanas, tal vez años, hasta que le entregó al señor Adebu su agujero.

Dentro de su agujero, el señor Adebu creó sus propios ritos para la vida. Durante los primeros días, que transcurrían entre sueño y silencio, sólo durmió. Después, sacó papel y lápices de su maleta, y dibujó artefactos maravillosos que nombró con palabras nunca pronunciadas e imaginó seres de otras galaxias para los que inventó lenguajes jamás escuchados. Dibujó un olivo y se arrebujó bajo su copa. Dibujó una escalera para subir al cielo. Dibujó una ventana y una jaula, y la llenó de pájaros que luego liberó. Dibujó una puerta abierta por la que entraron otoños, memorias y melodías. Y dejó al tiempo pasar tranquilo.

Tardó en verlo, pero los extremos de su agujero eran imperfectos. Una pequeña hendidura en alguno de los bordes, intangible, casi imperceptible, dejaba traspasar un hilo sutil de luz. Al principio no le molestaba, ni siquiera lo apreció. Pero, conforme pasaban los días y las noches, comprobó cómo ese pequeño cono de luz, indómito e insignificante, le acechaba cada mañana, atravesaba su agujero y, con dedos tibios y afilados, largos como raíces, acariciaba, teñía y daba textura a cada una de las crestas y riberas que había dibujado para si. La luz cambiaba el sentido de las cosas, hacía vacilar el universo y, después, con la misma dulzura, desaparecía.

Nomar Adebu dibujó un agujero dentro de su agujero y cientos de montañas de piedras para apuntalar cada uno de sus extremos. Se encerró en el agujero dentro del agujero durante días y noches. Ya no podía dormir. Caminaba en círculos siguiendo las huellas de sus pies. Una inmensa nostalgia fue inundando su corazón. Sólo alcanzaba a pensar en la luz que cada mañana le traía suspiros y sudores, torbellinos y aguaceros, humo, asfaltos y siestas. Y otros infinitos. Dibujó para su luz una babel colosal, una jaula de papel de arroz y un trozo de nube. Dibujó una tormenta de cometas y meteoritos. Y dibujó una estrella inquieta, violenta y frágil, de bordes fruncidos. La llamó Dedentrohaciafuera y la dejó palidecer. Dibujó un cielo despejado y un interruptor. Lo llenó de estrellas y encendió la luz.

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