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Luxiona es en

Àngels Manzano
Barcelona
Journalist

Fantasías eróticas de ayer y hoy (con la Inout)

El jardín de mi casa es como yo, salvaje y caótico. Difiere de mí en una cosa esencial: yo soy una chica luminosa y mi jardín es oscuro como la boca de un lobo. Cuando llego de juerga por las noches me pego unos mamporrazos de cuidado con los troncos y las raíces de los árboles, con las ramas desmadradas de las mimosas, con los h. de p. de los cactus o con cualquiera de los obstáculos que pueblan mi fantasmagórico y caótico jardín. Me imagino muriendo de un golpe en el cráneo, sola como un perro, tirada en medio de este jardín salvaje y oscuro. Nadie me encontrará hasta que se haga la luz. Aunque para mí será ya noche eterna… Cuando logro llegar sana y salva a la puerta de mi casa hago una solemne promesa: ¡lo de las luces, de mañana no pasa!

De todo esto puede deducirse que la iluminación es en mi vida más importante que lo pueda ser para cualquiera de vosotros. Para mí la iluminación exterior es una cuestión de vida o muerte. Cuando tomo esa firme decisión de iluminar mi oscuro y salvaje jardín, doy un rápido repaso a ese catálogo de luminarias mental que tengo archivado en esta contaminada cabeza de comunicadora del diseño. Entonces visualizo como un relámpago la página 254 del catálogo de Metalarte y me digo para mí misma y para quien quiera oírme: “Juro por el Úbeda que me compraré un montón de Inouts y en mi jardín habrá más luces que en el Real de la Feria de Abril de Sevilla”. Y me lo imagino como el más moderno y el más envidiado por mis vecinos (que no se gastan un duro en diseño pero que darían cualquier cosa por llenar su jardín de Inouts (si esa cosa no fuera dinero).

Ya en plena orgía de Inouts mentales, me acuerdo de la fotografía de la página 256 del catálogo, con esa rubia (un poco anoréxica, todo hay que decirlo) utilizando el cilíndrico pie de la Inout como si de una barra de streaptease se tratara. Y entonces veo la luz, qué digo la luz, me veo a mí misma iluminada por la sexual luz roja de mi Inout, poniendo a mis vecinos masculinos como motos, dejando que me llenen mi tanga de euros mientras yo les miro con ojos de pantera lasciva y un mohín de desprecio y subo y bajo por el pie de la Inout, restregando mis torneados muslos por su excitante textura de polietileno rotomoldeado… Cuando llego a lo de rotomoldeado estoy ya a punto de tener un orgasmo. Y entonces (no hay que olvidar que he llegado un poco bebida) intento meter la llave en la cerradura, con la misma dificultad que intentaría meter un gol en la portería contraria, y, cuando finalmente lo consigo, me sumerjo en la paz de mi hogar y me olvido de la Inout hasta que nuevamente vuelvo a sentir la muerte en los talones. O el aliento de la bestia que lleva dentro Ramón Úbeda, encarnado en un jabalí con largos colmillos, surgiendo entre el bosque de mimosas y susurrándome con voz demoníaca: lo que tú necesitas es un montón de Inouts, muñeca…

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