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Luxiona es en

Quim Larrea
Barcelona
Architect

Petites observations sur la lumière. M.L.7

A finales de 1922, en su pequeño laboratorio de Berna, Marie Lowersmitt, una joven investigadora, hizo, casi accidentalmente, un descubrimiento que mantuvo en secreto toda su vida. Marie se había especializado en la transmisión de la luz a través decuerpos sólidos buscando la posibilidad de transmitir luz a través de un cuerpo totalmente opaco, lo que acabaría suponiendo la invisibilidad. Pero en el transcurso de sus trabajos descubrió que la luz de una fuente se difumina muy especialmente a través de diferentes láminas. Es decir, si se construye un material estratificado la luz que se transmite de un lado al otro de la lámina sufre un proceso de expansión incomparablemente mejor que si el material es homogéneo. Esto es debido a que los quantum de iones que conforman la luz sufren una expansión al impactar con los microespacios que se genera en una estructura estratificada. Si a esta característica se le añade el hecho de una geometría zigzagueante –recordemos el carácter ondulatorio de la luz– su transmisión adquiría valores casi mágicos.

Marie nunca llegó a publicar su trabajo, pues lo consideraba un descubrimiento menor, pero sí realizó una serie de detalladas notas, escritas en un pulido francés, en uno de los cahiers que utilizaba para recordar sus experiencias. Los convulsos años treinta centro europeos, sus oscuros antecedentes familiares –hay historiadores que sostienen que Marie era en realidad la hija perdida de Albert Einstein y su primera mujer Mileva Maric, con lo que estaríamos hablando de Lieserl Einstein. Se considera una pista esencial que el apellido de Marie sea tan próximo al de la segunda mujer de Einstein, Elsa Loewenthal, lo que crearía vínculos freudianos entre los supuestos hija y padre que no viene al caso en este momento. Sea como fuere, todos estos datos están insuficientemente documentados y su condición de mujer en un momento poco progresista de la historia hace que Marie desaparezca sin dejar pista, aunque de nuevo algunos investigadores creen ver en ella a una de las amantes de Tamara Lempika, reproducida en algún cuadro de la artista, o una actriz del cine mudo del incipiente Hollywood. Nuevamente, nada de ello es riguroso.

Pasarán muchos años hasta que uno de los cahiers Lowersmitt salgan de nuevo a la luz. A finales del año 2001, un hombre, elegantemente vestido de negro, pasea ocioso entre los kioscos de zinc de libros antiguos ubicados en la trasera de la vieja Universidad de Barcelona, en la calle de la Diputación. Ojea aquí y allá, pregunta algún precio que discute y de pronto entre cientos de publicaciones el lomo de una publicación le llama magnéticamente la atención. Escrito con la esmerada caligrafía de la época se lee: “Petites Observations sur la Lumière. M.L.7”. En pocos segundos el cuaderno cambia de dueño, no hay tiempo ni para negociar el precio.

“El tamaño sí que importa”. La frase, al ser repetida sardónicamente con excesiva frecuencia, disimula la trascendencia de su contenido. El Dr. Marcus Hagenbole, un psicólogo holandés que curiosamente emigró a finales de los años cuarenta a Brasil, sostuvo que dicha afirmación es innegable y que lo pequeño produce, irreparablemente, neurosis y que “lo grande es grande aun en lo pequeño” y ponía el ejemplo de que, evidentemente, la selva amazónica es mucho mayor que la selva negra pero es que además, debido a su tamaño, en una hectárea cuadrada de selva brasileña se encuentran muchísimas más especies que en el bosque suizo-alemán. El profesor afirmaba con vehemencia que lo grande transmite un factor de masaje neuronal que permite el cambio de estado de ánimo hacia lo positivo y genera bienestar. Por algo será que los personajes destacados de nuestra sociedad son grandes hombres y mujeres, los trabajos minuciosos y cuidados, son grandes trabajos, y así podemos extender la lista hasta hacerla enorme. Consciente de la importancia del tamaño, el Dr. Hagenbole decidió hacer un experimento en su propia vida y decidió, en marzo de 1954, que todo lo que le rodearía en su vida sería de gran tamaño, confiado en que ello le llevaría a la felicidad. En el estado del Pará compró una gran superficie de tierra, cientos de hectáreas de tierra fértil, allí construyó una casa de proporciones inmensas: techos altos, estancias enormes, pasillos generosos, puertas altísimas... Grandes ventanales abrían sus vistas sobre el jardín de enormes plantas, gigantescas flores, árboles robustos entre los que destacaban las fuentes que eran cascadas. En sus cuadras hizo sustituir los caballos por elefantes, los automóviles por enormes limusinas de varios ejes. Un pequeño ferrocarril recorría las estancias del jardín y las caballerizas traqueteando suavemente sobre una vía de caucho. Con el personal las normas eran estrictas: todo el servicio doméstico debía medir más de dos metros, tener enormes pies y ser proporcionados en sus facciones. Markus disfrutó bastantes años de tanta felicidad, se casó con una mujer altísima, no tuvo hijos y al final de sus días contrajo una extraña angina que le debilitó hasta llevarlo a la muerte. Nunca se supo de dónde obtuvo una cantidad tan grande de dinero para cumplir su sueño, nunca se descubrió el origen de su fortuna, que desapareció tras su muerte, al igual que su mujer, los elefantes, los coches, y todo el servicio.

Hoy, aunque abandonada y seriamente agredida por la selva, la casa del Dr. Markus, jamás se supo si ese era su verdadero nombre, es frecuentemente visitada por algunos turistas exigentes que pueden deambular placenteramente por la zona, a la que les acerca un pequeño todoterreno, conducido por un chófer enorme, que, cuando consideran acabada la visita, les devuelve a la ciudad. En aquel entorno nuestro hombre abrió el cahier Lowersmitt, se sentó en el alféizar de una gran ventana y, detenidamente, empezó a leerlo. Y, entonces, por un instante todo empezó a tener sentido…

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