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Luxiona es en

Daniel Fernández
Barcelona
Edhasa Editor

El genio y la lámpara

Hace ya algunos años que, gracias a Lluís Morón, Ramón Úbeda apareció en mi vida. Y digo que apareció porque su llegada fue casi mágica: alguien no muy alto, con aspecto de joven anciano (y viceversa) y una cierta serenidad bonachona y sabia que, sin dárselas de nada, va engarzando aforismos como si estuviera fabricándose su propio collar de frases con chispa. No es éste el lugar para hacer la lista de cosas que hacen que Ramón valga la pena, pero permítanme al menos la indiscreción de alabarle su enorme curiosidad y esa suerte de mirada casi infantil, tan sagaz y tan sorprendente como la de todos los niños listos y preguntones... Recuerdo que, al conocerlo, pensé eso, que tenía algo de niño y que, desde luego, parecía, más por su expresión y porte que estrictamente por sus rasgos físicos, un genio de cuento oriental, con su barbita y su sonrisa y sus ganas de preguntarte cuáles eran tus tres deseos. Fíjense, si no me creen, y verán que no es difícil imaginárselo con turbante a las mil y una noches y subido en una alfombra voladora. También da un poco el tipo de gnomo sabio del bosque, pero me gusta menos la comparación y aquí no hemos venido a hablar de setas, sino de lámparas, así que, decidido, nos quedamos con Ramón como genio de cuento oriental pasado por Hollywood y le buscamos, cómo no, una lámpara para invocarlo, una lámpara que, según y cómo, también tiene algo de seta. La lámpara se llama Inout y el genio, o al menos la mitad que no es Otto Canalda, es Ramón, que se sacó una lámpara cotidiana y marciana, nueva y ya vista, de su ingenua y sabia y retorcida mirada de niño. Es más, si se le dice a un niño que dibuje una lámpara te dibuja algo parecido a la lámpara de Ramón y Otto. Así que no es que Ramón se trajese su lámpara de los cerros de Úbeda (lo siento, tenía que hacer el chiste o me venía un sarpullido...), sino que, en parte, su lámpara estaba prefigurada en todos nosotros. Uno ve su lámpara y piensa que ya era hora de que las lámparas fuesen lámparas. Y más ésta, que es como de juguete, y que se puede mojar y tener en el jardín y hasta dárselas de Gene Kelly y cantar bajo la lluvia riéndose de las luces de colores.

Me he acostumbrado a ver las muchas formas, tamaños y colores de la lámpara de Otto y Ramón en los más diversos e insospechados lugares, y debo decir que tiene bastante de lámpara maravillosa y que se comporta como dicen son las mujeres elegantes en las fiestas mundanas, dejándose ver pero sin hacerse notar. Llama la atención sin estridencias, y lo mismo aparece en un hotel playero de Menorca lleno de taquillones castellanos (será por darle el toque moderno al jardín) como te la encuentras en algún sitio trendy de una zona fashion. Vamos, que la lámpara es tan buena que hasta la compra y la enciende y se alumbra con ella gente sin ningún criterio. Y conste que esto es un elogio, y de los mayores que puedan hacerse a un reinvento industrial (tengo para mí que el diseño consiste muy a menudo en reinventarse cosas que se inventaron mal, pero esto merecería capítulo aparte).

Lo único que no me gusta de la lámpara es su nombre, que reconozco es un acierto comercial y todo lo que ustedes gusten, pero es que me fastidian los anglicismos y me sale el prurito latino. Claro está que también entiendo que no es lo mismo llamar a tu lámpara “Dentrofuera” que Inout, que suena mucho más cool (vale, dejo de burlarme y de usar adjetivos propios de suplemento dominical). Y peor hubiera sido bautizarla “Metesaca” o “Mójamesiquieres”, así que se acepta Inout como lámpara de uso doméstico. Eso sí, hay que escribirlo todo junto, sin guión, creando un oxímoron (esa figura literaria donde dos términos antitéticos u opuestos crean un nuevo significado) tipo guardia civil (o se es guardia o se es civil, y sin embargo todo el mundo sabe de quiénes hablamos). Y además, y sobre todo después de aquella película que protagonizara Kevin Kline, el nombrecito le da un cierto aire entre morboso y decididamente queer (sí, había prometido dejarlo, pero sólo este palabro más, porfa) a la lámpara, con lo que ya tenemos eslogan y hasta nuestro presidente Zapatero estaría contento: Inout, la lámpara ha salido del armario. O algo así.

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