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Luxiona es en

José María Faerna
Madrid
Diseño de interior Magazine

La luz fantasma

No se encuentran a menudo lámparas con talla de pívot de baloncesto. Y menos aún capaces de desaparecer precisamente cuando se encienden, que es el momento elegido por las lámparas para hacerse presentes. Más bien al contrario, estábamos acostumbrados a lámparas que disminuían al mínimo su presencia material cuando se apagan, como escamoteándose una vez cumplida su función, pero claro, ¡a ver dónde esconde uno más de dos metros de lámpara!

Ramón y Otto encontraron la respuesta perfecta. Como en las novelas de detectives, una de esas evidencias que están a la vista de todos pero nadie ve: escondamos la lámpara detrás de su luz, mimeticémosla, confundámosla con ella. Supongo que, como es propio de las grandes ocasiones, en realidad no buscaban esa respuesta porque seguramente ni siquiera se habían hecho la pregunta pertinente. Lo que Ramón y Otto iban buscando –y lo que le vendieron a Metalarte– era algo más humilde: una lámpara que funcionara en interiores y exteriores, que se aviniera a un interior doméstico y a un hotel, que el planteamiento tecnológico se ajustara a las conveniencias de producción, que saliera bien de precio. Pero el caso es que, como en las grandes ocasiones, la encontraron, porque, en diseño industrial, cuando uno busca por los caminos adecuados, siempre, casi inevitablemente, encuentra más de lo que busca y acaba dando liebre por gato. Esa es la diferencia entre las buenas ideas y las ocurrencias.

Los que aspiran a pasar de aprendiz a superdesigner sin solución de continuidad suelen poner el carro antes que los bueyes inventándose un problema para hacer como que lo resuelven con un objeto genial. Ramón y Otto dieron los pasos adecuados: exploraron las posibilidades del rotomoldeo, decidieron que, para hacer una lámpara, no era mala cosa que su forma contuviera de algún modo el icono lámpara y probaron a ver qué pasaba haciéndola mucho más grande de lo que suelen ser las lámparas (al cabo, las operaciones de escala siempre son de ida y vuelta: si tenían una lámpara grande tendrían, impepinablemente, tantas lámparas pequeñas como quisieran). Justo en el lugar donde se cruzan todas esas estrategias, encontraron el punto en que, además de resolver satisfactoriamente todos los problemas que se habían planteado, se vieron por añadidura con el reverso de la cuestión: al encenderse, la luz y la piel eran la misma cosa. Los límites tradicionales entre soporte y difusor desaparecían como por ensalmo. En una época en que los edificios aspiran a convertirse en grandes luminarias, en cajas virtuales de luz, habían dado con una lámpara que se transformaba en su propio fantasma, que se desmaterializaba por completo sin perder –muy al contrario– su potencia formal y figurativa. Un objeto tan eficaz que se volvió inmediatamente un best seller y tan enjundioso que salió de fábrica con el marchamo de clásico. Lo dicho: liebre por gato.

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