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Luxiona es en

Daniel Cid
Barcelona
Elisava Design School

Sentado y al lado de una lámpara

I
En casa, aquello imprevisto e inesperado, la aventura, son excepcionales. Tiene que ser así. Allí estamos con nosotros mismos, rehaciéndonos de lo de afuera. Allí creamos nuestro propio entorno, nuestro punto de referencia. Se trata de una creación pero también de un juego. Se construye y reconstruye, moviendo muebles, cambiando lámparas. Es una actividad lúdica, eso sí, pero constreñida en unos espacios casi siempre limitados. Muchas veces, muy limitados. Pero vivir, en el sentido de vivienda, nace de la limitación. Pero a la vez la limitación puede acabar por generar inventiva. La casa, como un proyecto, se construye a través de la acumulación de experiencias y probaturas dispares. Se potencian los rincones y se pone aquí y allí una luz.

II
El clic de una lámpara encendida tiene algo que la acerca a la idea de creación (y el espejo a la copia).

III
Acabo de leer una novela de Edmond de Goncourt. En este libro se entra como se entra en una casa, por la puerta, y poco a poco, página a página, se va avanzando escrupulosamente por las habitaciones. De hecho, va de su casa y de la inmensa colección que allí guardaba. Uno de los objetos que describe es un tapiz persa que se había inventado para una novela y que luego se lo encontró por casualidad en una tienda. Compró el original del tapiz de fantasía y rápidamente, lo colgó y lo volvió a describir. La casa ya no existe y de este tapiz ahora sólo quedan dos versiones literarias. La realidad imita el arte.

IV
Cada vez que se desembarca en un espacio no sólo se llega cargado con el mobiliario, también con un equipamiento mental hecho de experiencias pasadas. No parece que todos los interioristas sean conscientes, no sé por qué muchos insisten en acabar lo que no les pertenece. El lugar donde se habita no existe por sí mismo.

V
Ha salido un libro, Hospital 106, 4t 1a. Es la historia de un piso que desapareció con las grandes reformas urbanísticas del Raval. Me acuerdo cuando a finales de los noventa me paseaba por mi barrio. Había muchos edificios recién demolidos pero que todavía conservaban algún trazo de los antiguos vecinos en las medianeras. Aquí una habitación verde, allí el alicatado del baño, por allá restos del papel de pared. Era como si la vida de aquellas habitaciones se resistiera todavía a ser arrancada del todo.

VI
El personaje de La Nuit juste avant les forêts de Bernard-Marie Koltès nos dice que si le dieran un piso arreglado, como los pisos donde viven familias, lo convertiría nada más llegar en una habitación de hotel. Si le regalasen una cabaña en el bosque con enormes vigas y chimenea, lo primero que haría, nos dice, sería convertirla en habitación de hotel. Escondería la chimenea, disimularía las vigas y tiraría incluso los olores de familia, de madera antigua y de los cien mil años de antigüedad que se burlan de todo.

VII
Sentado al lado de una lámpara, mirando los rincones de la sala o los lomos de los libros de la estantería, pienso en que debería escribir algo para Ramón. Alguien comparó a los amigos con las lámparas, colocados aquí y allí, desde sus casas, van ensanchado el paisaje.

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